Por Iván Rodríguez Pascual (*)

No hace mucho, un compañero de cuitas infantológicas me relataba cómo, tras una rueda de prensa en la que había presentado los resultados de un estudio sobre la población infantil usando este mismo término, o los de “niños” y “niñas”, comprobó atónito que los medios habían descrito en sus titulares a alguien que siempre era nombrado en calidad de “menor”. No pude menos que identificar una sensación que he experimentado muchas veces: la de ser una especie de paladín que siempre ha de luchar contra el eco de un ejército mucho más numeroso que el mío que insiste en doblegarme en un hablante dispuesto a repetir machaconamente los mismos lugares comunes cargados de malasombra. Sí, igual que un Jedi que siente el aliento de Darth Vader en la nuca y al que sólo le salva de caer del lado oscuro su empecinamiento en estar del lado correcto. ¿Por qué sucede que unos (y unas) tenemos siempre que sobreexplicarnos en la misma medida que otros nos empujan al sobreentendimiento?

En los tiempos del lenguaje identitario, que es ese que representa y simboliza la ideología de un grupo, no es cuestión baladí ni andanza sin barullo tratar de dilucidar por qué los medios dicen lo que dicen. Ni tampoco voy a ser yo el que le empuje a la corrección política, ese plato necesario que, sin embargo, siempre llega un poco frío a la mesa. Denotemos: resulta que el palabro “menor”, en su brusquedad, no significa nada salvo aquello que es inferior a otra cosa o menos importante y, en todo caso, apunta nuestro diccionario normativo, se refiere al “menor de edad”. Así que ya tiene una pieza de la solución: nos gusta mutilar los términos para que no digan lo que parece y como la edad es una variable fácil de identificar y se le pueden calcular hasta fracciones, la escondemos con la pericia del prestidigitador. Pero no se vaya todavía, aún hay más. Verá, en un plano connotativo lo cierto es que el uso absolutamente abusivo del término “menor” no es un mero accidente, sino que de alguna manera incorpora también una marca identitaria pero al estilo del reverso tenebroso de la fuerza: diluyendo con el blando azote de la falsa conciencia a sujetos y colectivos que son enteros y complejos (los niños y las niñas) en planos cargados de connotaciones negativas e intencionalmente introducidos en la conversación. La razón por la que necesitamos esta palabra, “menor” o “menores”, es porque necesitamos seguir creyendo como sociedad en la narración fabulosa de la arcadia perdida de la Infancia y para ello nos forzamos a distinguir quiénes pueden entrar en el paraíso y quiénes no. Palabras que ejercen, en suma, de dispositivo de control de fronteras. Mi colega encontró que sus “niños” y “niñas” se habían convertido en los titulares en “menores” porque el estudio que presentaba trataba sobre la violencia que sufre la población infantil. Si hubiera versado sobre las últimas tendencias de la industria juguetera para la próxima noche de reyes otro gallo habría cacareado. Porque necesitamos seguir creyendo en lo que sabemos que no existe (tres reyes que vienen de oriente para colmar a nuestros hijos de regalos) pero también seguir ignorando lo que sabemos que existe (la violencia, sí, también amenazando a nuestros hijos). Así que, igual que el mundo de la economía necesita a veces un “banco malo” que aglutine activos tóxicos para seguir creyendo que el capitalismo financiero funciona, nuestra imagen colectiva de la Infancia necesita un término emponzoñado que discrimine a los niños que se ganarán el paraíso de los que no (esos de los que también solemos decir que “les han robado la infancia”). Usted no pensará nunca en sus hijos como “sus menores” ni su vecino exclamará nunca cuando se encuentren en la escalera “¡hay que ver cómo crecen sus menores!”. O a lo mejor sí, pero entonces tiene motivos para la preocupación porque solo son “menores” en nuestro particular idiolecto perverso las niñas o los niños abusados, violadas, deportados, agredidas, asustados, agresores, desplazadas, maltratados, desahuciados, internadas, golpeados, humilladas, desposeídas o robados; por ofrecerle solo algunos ejemplos. Y la razón por la que usted no piensa en su prole como “menores” es porque, al menos mientras no se demuestre lo contrario, usted les quiere y no desea zaherirlos, siquiera simbólicamente.

A esto le puede añadir todas las consideraciones que desee: sobre la extrañeza de un término jurídico que ha mutado como la cepa de un irreductible virus y colonizado nuestro lenguaje cotidiano o sobre lo fácil que resulta para los que lo usan resbalar por el tobogán lubricado del “menos que” y acabar justificando cualquier gesto de sometimiento y control sobre la población infantil. Yo no lo voy a hacer. He llegado hasta aquí y creo que ya he abusado lo suficiente de su atención. Es posible que, en el futuro, tenga que seguir sobreexplicándome cada vez que alguien me escamotee a niñas y niños para arrojarles a las sombras, pero seguiré haciéndolo porque, una vez que uno conoce el bien, necesita predicarlo. Usted, mientras tanto, témale al reverso tenebroso de la fuerza porque está donde menos se le espera. También en las palabras.

(*) Iván Rodríguez Pascual. Sociólogo (Universidad de Huelva). Autor del libro «Para una Sociología de la Infancia» (CIS).

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