Por Francisco Javier Rodríguez Lozano (*)

La infancia como sinónimo de superación ante situaciones de trauma, basado en el estudio de Boris Cyrulnik y su concepto de resiliencia.

En 1937 nacía en Burdeos Boris Cyrulnik, uno de los mayores investigadores del trauma infantil. Criado entre odio, desolación y la más pura violencia, Cyrulnik vio como su familia moría en un campo de concentración nazi debido a su condición de judíos. En mitad de un deambular de almas perdidas, cuya libertad se encontraba olvidada entre banderas y un exacerbado nacionalismo, Boris observó un atisbo de esperanza y gracias a una enfermera logró huir del campo donde se encontraba recluido. Así comenzaba una nueva vida, solo y en mitad de un mundo adultocéntrico, quizá fue la casualidad o quizá fue la primera lección que recibió del mundo: frente al lobo feroz, hay aldeanos con libros y esperanza en forma de antorchas. Gracias a unos vecinos Cyrulnik descubrió el amor a la vida y pudo educarse y crecer superando el pasado, pero nunca olvidándolo. Se formó como psicoanalista, neuropsiquiatra y fue uno de los fundadores de la etología humana.

Por suerte para él (y por desgracia para la infancia) pudo comprobar sus teorías en diversos conflictos armados y la relación que suponían para esta y su desarrollo a lo largo de su vida. Así podemos destacar su estudio comparativo basado en la guerra del Líbano, en concreto en Beirut y en Trípoli. Mientras la primera ciudad fue asediada durante más meses y sufrió más bombardeos, los niños presentaban menos casos de síndrome postraumático que en Trípoli que había sufrido en menor medida la ira de la guerra. Para este autor, la explicación nacía de la solidaridad de las familias, que aumentó en Beirut, mientras que en Trípoli los infantes se enfrentaban a un abandono efectivo.

Seguidamente basó sus estudios en niños y niñas que habían sufrido abusos en el seno familiar y pudo comprobar que el trauma generado no provenía del propio abuso sino de la falta de afectos en el trato familiar diario. Este hecho le sirvió de apoyo en su estudio con huérfanos rumanos, víctimas de la caída de Ceaucescu, donde estos pasaron de sufrir autismo a poder cursar estudios superiores o generar un núcleo familiar gracias a la influencia de los hogares de acogida. Quedaba así explicada la importancia del afecto familiar o la solidaridad en la vida de los infantes, en definitiva, el contacto humano. Estos tres factores, denominados por Boris con el término de oxímoron, son los que sustentan su famosa teoría y creación del concepto de resiliencia y permitía más en la comprensión del proceso de construcción de la resiliencia.  Gracias a estos estudios pudo realizar su definición del concepto de resiliencia como: ¨la capacidad de los seres humanos sometidos a los efectos de una adversidad, de superarla e incluso salir fortalecidos de la situación¨.

Debemos destacar algo inaudito y esperanzador a la vez y es que por muy grave que sean las circunstancias que haya sufrido un niño, la flexibilidad de su psique le permitirá resurgir de sus propias cenizas, como el mito del ave Fénix. Resurgir a través de la palabra, el afecto humano y la comprensión por parte de sus homólogos. Haciendo alusión a Aristóteles: ´Somos animales sociales¨ Nuestra relación con el ¨Tu¨ hace crecer a nuestro ¨Yo¨. Por ello, la resiliencia no entiende de fronteras, nacionalidad o condición, pero tampoco de edad, convirtiéndose en adalid de la reflexión y el entendimiento entre las partes. Si bien la genética tiene un diverso peso, no decanta la balanza, siendo los afectos más importantes en esta teoría.

El momento de la resiliencia

Nuestra sociedad se enfrenta a diversos retos, uno de ellos son los conflictos bélicos que convierten nuestro mar Mediterráneo en un cementerio de esperanzas e ilusiones. España, al igual que la Unión Europea, tiene la obligación, así como la oportunidad de abanderar un programa basado en la resiliencia que devuelva el presente en forma de futuro a todas aquellas personas migrantes que llegan a nuestras costas en busca de una vida mejor. Devolver las ganas de vivir a aquellos que son desahuciados, a los infantes que sufren abusos o a las mujeres maltratadas, en definitiva, a los desheredados socialmente siendo el afecto una bandera.

En tiempos, donde, prima el odio hacia el diferente, el racismo o la aporofobia, considero que es momento de establecer un nuevo orden social basado en los afectos y la reflexión de escuchar al otro, en el entendimiento y el diálogo como píldoras para infantes y adultos. Una justicia social que convierta las externalidades negativas de diversos conflictos de nuestra sociedad contemporánea en oportunidades de cambio en el horizonte de vida de muchas personas.

Para finalizar os dejo las declaraciones de Cyrulnik en torno a la justicia social y su influencia en niñxs:  “cuando un niño sea expulsado de su hogar como consecuencia de un trastorno familiar, cuando se le coloque en una institución totalitaria, cuando la violencia del Estado se extienda por todo el planeta, cuando los encargados de asistirle lo maltraten, cuando cada sufrimiento proceda de otro sufrimiento, como una catarata, será conveniente actuar sobre todas y cada una de las fases de la catástrofe: habrá un momento político para luchar contra esos crímenes, un momento filosófico para criticar las teorías que preparan esos crímenes, un momento técnico para reparar las heridas y un momento resiliente para retomar el curso de la existencia”. Cyrulnik, Boris. (2002) “Los patitos feos”, Barcelona, Gedisa.( pp. 26 y 215).

(*) Francisco Javier Rodríguez Lozano. Activista en derechos de la infancia. En la actualidad estudia Bachillerato en Ciencias Sociales y ha sido miembro de Cibercorresponsales (2013-2018).

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