* Por Marta Martínez Muñoz

Las personas adultas debemos reconocer
nuestra incapacidad para participar plenamente de los imaginarios infantiles.
Samantha Punch

Pocos espacios del campo de los estudios sociales han cambiado tanto en las últimas dos décadas como el ocupado por la infancia. Es importante desvelar en qué consisten estos cambios que vienen otorgando mayor protagonismo a los sujetos que habitan la infancia dentro de la agenda investigadora, tornándose figuras a reconsiderar desde el ámbito de la investigación y la evaluación. Cabe preguntarse qué es lo necesario para que una investigación sea diversa y se centre en la agencia y en la autonomía de las personas menores de edad, tanto como informantes y también como actores significativos dentro de diseños de investigación, que sean cada vez más participativos y más respetuosos con sus derechos.

Si profundizamos en las concepciones sobre participación, más allá de su raíz etimológica: “participatio” o “tomar parte de”, es importante concretar una forma de entender o definir la participación infantil/juvenil, no solo como una mera adjetivación (eficaz, efectiva, protagónica…), sino desde las propias experiencias, desde los modelos que pueden erigirse como paradigmáticos de esta práctica. Sin olvidar quienes utilizan la palabra “participación” para disfrazar la utilización simbólica o los intentos de manipulación de los niñas, niños y adolescentes para lograr intereses alejados de los infantiles.

Es posible denotarla desde algunos componentes claves que deben de estar en su concreción protagonista:

  1. La participación solo se ejerce en colectivo y se experimenta en grupo al converger los distintos intereses desde la pluralidad.
  2. Es un proceso autónomo. Debe de ser una llamada de atención respecto a la no intrusión desde el adulto; debe suponer una decisión informada y una acción desde la posición infantil.
  3. Es un proceso abundante de aprendizajes. Debe implicar un despliegue de capacidades, la niña, niño y el/la adolescente en estos procesos aprende, reconoce a otros, dialoga con ellos y generan productos compartidos. Además propone, cuestiona, se informa, demanda, exige, … de ahí a pensar que es una experiencia pedagógica sin límites.
  4. Es una práctica creativa. Punta de lanza de la capacidad propositiva, expresada en la práctica de dar alternativas, crear nuevos horizontes potenciales, ejercicios innovadores, dar respuestas rápidas a desafíos del momento y configurados en nuestras realidades, y nuestros contextos dinámicos.
  5. Es un ejercicio ciudadano y es expresión de la ciudadanía práctica.

 

Estos nuevos horizontes metodológicos nos permiten entender a la infancia como un sujeto central de la agenda investigadora. Existen diferentes opciones metodológicas: aquellas investigaciones que no consideran a la infancia (enfoques proxy con “portavoces adultos” infancia como objeto_desplazado_); investigaciones que cuentan con las voces u opiniones de la infancia en alguna fase del proceso (sujetos); investigaciones participativas (actores); investigaciones en co-labor o de encuentro intergeneracional (co-participación, co-investigación). Aunque responden a una cierta linealidad todas ellas siguen coexistiendo.

Parece pues que ya albergamos menos dudas acerca de que las niñas, niños y adolescentes son sujetos de derechos pero no es tanto así como que también pueden ser sujetos productores de investigación. Apostar por la co-autoría en la construcción del conocimiento supone partir de experiencias ya existentes que comprenden que las niñas, niños y adolescentes crecen en la construcción de la autonomía y que la niñez es también actora de sus contextos.

Implica, además, partir de una pregunta, la que nos lleva a conocer ¿cómo elaboran las niñas, niños y adolescentes sus experiencias (vividas, heredadas e imaginadas)? Es entender las infancias como sujeto de interlocución en la construcción de inter-conocimiento.

Hay un amplio campo socio-antropológico dedicado a las infancias (en plural) que responde a las pretensiones de universalismo (a lógicas esencialistas) porque lejos de ser una categoría natural, la infancia es una construcción social mediada por facto­res históricos, económicos y socioculturales, que pue­de ser modificada y revisada desde una perspectiva crítica.

Esta forma de entender las infancias su­pone considerar que los límites respecto a quienes habitan este espacio social son difusos, ya que las etapas de corte completamente biológico o psicológi­co no pueden ser categorías cerradas e inamovibles, porque están en buena parte condicionadas por las diferentes circunstan­cias que las niñas, niños y ado­lescentes viven.

Ahora bien, a pesar de que han existido y existen muchas formas de ser niño, ser niña, hay algo que todas estas formas tienen en común: todas, sin exclusión, son definidas sin la consideración de los propios niñas, niños y adolescentes y controladas por las personas adultas, lo que supone para la infancia vivir bajo una permanente situación de exclusión, tal y como les ocurre a otras minorías poblacionales.

Posibilidades metodológicas

Todo ello nos lleva a preguntarnos ¿cómo renovar los mecanismos de investigación o, al menos, una forma diferente de encontrarse con ellos? O ¿qué es lo necesario de una investigación para que sea diversa y esté centrada en la agencia y autonomía de las personas menores de edad como informantes y actores significativos dentro de diseños de investigación más participativos y respetuosos con sus derechos?

Implica un cambio epistémico, una perspectiva de investigación participativa de intercambio y aprendizaje de co-autoría y co-labor. Implica además ampliar las fronteras de las posibilidades metodológicas con procesos de mayor horizontalidad investigativa.

A mi juicio, hay cinco grandes ejes transversales de análisis diferenciador que deberían estar presentes en todo proceso de investigación.

  1. Identidad cultural: la procedencia, comunidad lingüística y cultural a la que pertenecen o con la que se identifican las niñas, niños y adolescentes.
  2. Género. Superando lógicas binarias y comprenderlo como una construcción social, generación de identidades, asignación de roles y orientaciones.
  3. Residencia. En un mundo altamente globalizado, el hogar, la casa, la residencia, el lugar que habitamos se vuelve no solo un espacio diverso, sino también de vulnerabilidad. Identificar las diferencias de ser tutelados, en situación de migración o refugio, en calle, en desplazamiento forzoso, en territorios en disputa, en familias desahuciadas… se vuelve un eje de análisis fundamental.
  4. Clase social. La experiencia de clase y la identidad, se vuelve otro eje en un mundo que es productor de profundas desigualdades presentes en las vidas cotidianas de las clases populares. La clase sigue produciendo un caudal de injusticias por eso cualquier sociología de la dominación (y la sociología de la infancia lo es) debe entender e informar sobre la sensibilidad de esta condición.
  5. De organización. Las vidas de los niños, niñas y adolescentes, y sobre todo sus trayectorias, no son las mismas cuando se procede de una experiencia de organización protagonizada por ellos mismos.

 

Pese a todo ello, aún no es el fin de las presunciones y pretensiones de universalidad. Por eso se hace necesario que, frente a las visiones esencialistas de la infancia, identifiquemos lo potencial de las experiencias, entendiendo estas no solo como un acto, que permite la transformación del entorno, la generación de vínculos… sino considerar que la experiencia no es fija, que está en desplazamiento permanente y que da sentido a nuestras formas de estar en el mundo. En definitiva, debemos entender la infancia, y a las niñas, niños y adolescentes que habitan, como una idea de ser (presente), de porvenir (conjunto de acontecimientos que vivirá una persona) pero también de devenir (llegará a ser).

Necesitamos seguir explorando conocimientos y aplicaciones que superen conflictos, entender la investigación no solo como un ejercicio académico, sino como un compromiso vital y político que haga aflorar las condiciones de vida de la infancia, más allá de las fronteras del ámbito de lo privado.

Co-investigar con las niñas, niños y adolescentes tiene además un componente de sorpresa; los hallazgos que obtenemos  suelen asombrar siempre a los investigadores/as al encontrar conocimientos, experiencias, intereses o demandas a los que nunca hubiéramos llegado sin considerar las voces directas de sus protagonistas. Implica igualmente unas buenas dosis de humildad, repensar nuestro adultocentrismo y entender que cada nueva experiencia nos deja huellas de aprendizaje para las personas adultas en nuestras trayectorias co-investigativas.

Los paradigmas que entienden a la infancia como seres competentes, poseedores de conocimiento y expertos en sus vidas, están en permanente construcción y tienen aún un gran potencial. Por ello conviene descender de las torres de marfil en la que muchos investigadores/as siguen aún habitando.

* Marta Martínez Muñoz. Socióloga. Investigadora. Cofundadora de Enclave. @MMM_DDHH

Ph: https://morguefile.com/

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